domingo, 7 de enero de 2007

El odio y después.

"Escuchame…"; la mano le hablaba de una furia que nunca había conocido.
Ella le había herido el corazón.
En ese instante sintió que quería pegarle, quería lastimarla como ella lo estaba hiriendo en ese momento.
“Guillermo”…
Y bueno; lo hizo. Mientras su mano cruzaba el aire envenenado, en un zarpazo feroz, se despedía con lagrimas de ira de aquellos sobrenombres simpáticos de mil noches de cariño, de aquellos hijos que ya nunca serían con él.

Pensó en abrazarse a sus piernas y rogarle que lo perdonara, pero ¿quién era ella ahora? Ya era otra persona, hasta le desconocía esa furia silenciosa que fulguraba en sus ojos. Ese aire de triunfo “sos una bestia, siempre lo fuiste y siempre lo supe”. No intentó detenerla, no intentó cerrar su salida, porque ella tampoco quiso escapar. Se quedó ahí inmóvil, como registrando todo, toda esa furia, toda esa humanidad incontenida, en carne viva, aullando por una infierno indescriptible. La miró a los ojos, le sostuvo la mirada sin vergüenza, sin pudor, saboreando esa sangre que caía, que era suya, suya, suya. Y ella, en esa imagen de hombre de las cavernas, que clama por lo que es suyo, vio el dolor de ya no ser los dos, de dejarlo a su suerte, de llevarse el beso de cada mañana, la mano que apaciguaba su ansiedad.
Se quedó solo. Y le dolió el cuerpo, por la vacuidad de sus noches; y le dolió el alma, por lo mismo y por tanto otro; y se le cerraron los ojos, y los oídos y los sentidos, ante tanta felicidad incoherente en el mundo. Y quiso salir a buscarla, entre sueños, y alcohol e insomnio; y hasta temió encontrarla, porque no la odiaba, la quería mas que nunca; la quería con el y no le importaba nada. Y ella pensó en él, esa noche y muchas de las que siguieron; y lo encontró en canciones, en frases tontas, y en casi cada estación del año.

El odio es sólo una brecha, entre la herida y la cicatriz; es la oxidación del tiempo. Con una llaga en el corazón y en la razón, supo que había matado lo que mas quería; no con una cachetada, sino con el olvido necesario en su corazón; también entendió que nada más estaba vivo, ni ahora ni lo habia estado antes.