lunes, 18 de diciembre de 2006

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"Volvió a despertar de un sueño sin descanso, sintiendo que la cabeza le explotaba. Giró en la cama. Estiró el brazo sobre el espacio vacío a su lado. Tan vacío que sintió frío, aunque su cuerpo hervía de fiebre. Todo el calor que emanaba su cuerpo no era suficiente para darle calor a esa ausencia. El común denominador de la gente sola es sentir la cama vacía, pensó. Como si una ausencia pudiera resumirse en un lugar, como si sólo fuera cuestión de coordenadas. Un síndrome postmoderno, una conclusión efímera de la mente materialista. De repente, le dieron ganas de llorar.
Se metió entre las sabanas y al hacerlo, aspiró el olor de su sudor pegajoso, febril. Ese olor lo llevó tan lejos, tan dentro de ella que cerró los ojos y estiró el brazo, seguro de poder tocarla, ahí a su lado. Recordó su ojitos brillantes, su piel rosada, con un fulgor de leño encendido, su pelo fino pegado a las sienes, donde una a una, las pequeñas perlitas de sudor se robaban la sequía de los mechones oscuros. Sonrió al pensar en su tos perruna, su risa mitigada por la irritación en la garganta. Así la quería. En la salud y en la enfermedad. Así, tan natural, que a veces lo olvidaba."

1 comentario:

Lupa dijo...

Guau Luciérnaga, casi me hacés llorar. Triste, desolador, pero por sobre todo, bello.
Gracias.
www.quepasaporlayeca.blogspot.com